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En tiempos de bienestar, las nuevas ideas dependen de la sofisticación del entorno. Cuando el bienestar desaparece, las nuevas ideas dependen de la comunidad.
 Horno para cerámica de La Graufesenque, cerca de Millau, siglos I-II EC.

Fotografía: Wikipedia, algunos derechos reservados.

 

Alfonso Pedrosa. Los factores que hacen posible la aparición de la innovación en un determinado contexto son diferentes en función de las condiciones de vida del ambiente en el que aparecen las nuevas ideas. En los buenos tiempos, ese factor de crecimiento es la sofisticación, ese cierto entorno de bienestar que se sustenta sobre un entramado complejo que encuentra su sentido a través del dinamismo expansivo y que hace posible que existan hiperespecialistas para un mercado gourmet que señalan el camino para el mercado de masas. En cambio, cuando pintan bastos, cuando desaparece el bienestar y la sofisticación es un lastre para la superviviencia, el factor de crecimiento de la innovación no es la complejidad refinada, sino la demanda de necesidades de la comunidad concreta que ha quedado desgajada de lo que antes era un entramado complejo de valores y de intercambio de bienes y servicios.
 
Bryan Ward- Perkins, arqueólogo especializado en cerámica romana, habla de todo esto en su ensayo sobre la caída de Roma, que él entiende como el fin de una civilización, y en el que intenta explicarse qué ocurrió en Occidente entre los siglos V y VI para que la calidad de vida de la inmensa mayoría de las personas que habitaban en zonas de centralidad económica experimentase un descenso del que no se recuperarían hasta el siglo X. En dos generaciones, muchos de los habitantes del Imperio de Occidente en territorios que hoy son Inglaterra, Francia, España o Italia dijeron adiós al bienestar, retrocediendo en algunos casos a la Prehistoria. Este historiador de Oxford explica que los suevos, vándalos y alanos que cruzaron el Rin en la última noche del año 406 no iban de merienda campestre; pero se deja de filias y fobias, renuncia a torturar a las fuentes documentales e intenta centrarse en lo que dicen los restos materiales, la cerámica, que es su especialidad.
 
¿Cómo es posible que la cerámica de los enseres de cocina de una familia de granjeros britanos del siglo IV fuese infinitamente más delicada, tuviese muchísima más calidad, que una vasija del ajuar funerario de un rey de Northumbria de un par de siglos después?
 
Ward-Perkins habla de dinamismo y sofisticación institucional, económica y cultural como elementos ambientales (o, si se prefiere, de sustrato) que hicieron posible la difusión geográfica y social de productos cotidianos de alta calidad. Pone el ejemplo la factoría de artículos de terra sigillata de La Graufesenque, donde existía un complejo sistema de recogida, cocción y reparto de piezas para dar respuesta a las necesidades de diversos talleres independientes que moldeaban sus propias vasijas pero las llevaban a cocerlas a La Graufesenque; de este modo, podían asumir el precio de uso y de la mano de obra especializada que exigía esta tarea, nada fácil, defendiendo además en el mercado un sello común, una marca. Esa complejidad hacía posible la viabilidad técnica, comercial y social de esos productos.
 
Sin embargo, cuando desaparece el bienestar, cuando factores políticos, demográficos o de otro tipo (las diferencias con el Imperio de Oriente son palmarias) convierten en círculo vicioso la interdependencia del hundimiento económico y la quiebra fiscal, la complejidad es un problema. Ya no produce belleza, sólo da dolores de cabeza. El sistema monetario del Bajo Imperio, dice nuestro cacharrólogo de Oxford, estaba definido por equivalencias entre el oro, la plata y el cobre. La desaparición del bienestar general de esa época hizo del prestigio político, no la dinamización económica, la principal razón de las acuñaciones de moneda en metales nobles. E hizo casi desaparecer la calderilla, el cobre, la moneda menuda para los intercambios cotidianos, cuando se cortaron los flujos comerciales y de producción de artículos de primera necesidad decentes y baratos. Casi todo el oro y la plata de esos tiempos aparece en las excavaciones arqueológicas en tesoros enterrados. Nadie acumula montañas de calderilla. Pero la gente tiene que vivir. Y en esos momentos cobra fuerza el retorno al trueque. Pero, para que el trueque funcione, tiene que existir comunidad. Lazos de confianza entre personas. Nadie cambia una vaca por la futura producción de huevos de las gallinas del vecino si no confía en que éste va a cumplir con su palabra, si no lo conoce, no sabe quién es ni dónde vive. Cuando la comunidad resiste el hundimiento del bienestar, se recupera cierto tiempo después la calderilla, que aparece, entonces, como innovación. De la memoria salen nuevas ideas. Y, progresivamente, vuelven las acuñaciones de moneda por mor de la recuperación económica, que a su vez es el motor de la tributación: se gestionan mejor los impuestos recaudados en moneda que en gallinas o en gavillas de trigo.
 
Hoy se nos han hundido el bienestar y sus sistemas complejos asociados a la prosperidad. Pero también son tiempos de innovación. Sólo que la fuerza de las nuevas ideas ya no está en la complejidad sofisticada. Su motor es la comunidad.

 

 
 
 
 
 


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